La Calera de las Huérfanas (departamento de Colonia, Uruguay). Hacia una valorización sostenible del Patrimonio Cultural

Lic. Jacqueline Geymonat*, Lic. Anahí Laroca**

Resumen

En esta ponencia se expondrá el proceso de valorización cultural y turística del sitio histórico-arqueológico “Calera de las Huérfanas”, (Estancia Jesuítica de Belén), declarado Monumento Histórico Nacional.

En la misma se articularán las principales orientaciones teóricas con relación al desarrollo de estrategias y técnicas que se vienen aplicando, la articulación y capacidades de los actores involucrados (con énfasis en el proceso de apropiación del bien cultural por parte de la población local) y las perspectivas (obstáculos y potencialidades) para la generación de una gestión participativa y sostenible del sitio.

Palabras claves: patrimonio, turismo cultural, sostenible, gestión

El contexto histórico y geográfico

La presencia jesuítica en el Río de la Plata dejó su impronta más notoria en las Misiones establecidas en el Norte, en lo que hoy es territorio brasileño, argentino y paraguayo.

Durante casi dos siglos (XVII-XVIII) los jesuitas catequizaron, orientaron y dirigieron un enorme grupo de indígenas, fundando sobre las márgenes de los ríos Uruguay y Paraná, treinta y dos poblados que aglutinaron a unos 160.000 aborígenes.

Mediante este sistema de pueblos indígenas, pretendieron poner a la población autóctona a salvo de la explotación inhumana de los encomenderos hispano-criollos y de los esclavistas luso-brasileños. La población aborigen guaraní vio transformada drásticamente y para siempre su forma de vida original.

Para lograr la autosuficiencia del sistema misionero, los jesuitas establecieron una compleja red productiva a la que integraron estancias. En éstas la ganadería era uno de los segmentos productivos, acompañada de una agricultura intensiva, explotación minera y desarrollo industrial con miras al autoabastecimiento e intercambio.

Es en este contexto que surgen las dos estancias principales que los jesuitas fundaron en lo que actualmente es territorio uruguayo: “Nuestra Señora de los Desamparados” sobre la costa del Río Santa Lucía, dependiente del Colegio y Residencia de Montevideo, y la estancia “Del Río de Las Vacas” o “De Nuestra Señora de Belén” (conocida hoy como Calera de las Huérfanas), dependiente del Hospicio y Colegio bonaerense de “Nuestra Señora de Belén”, fundada en 1741-42.

Las fuentes históricas califican a esta última como “la mayor avanzada civilizadora de su tiempo en nuestro medio rural”. De más de cuarenta y dos leguas cuadradas de superficie (140.000 hás. aproximadamente), tenía como límites el arroyo San Juan, el arroyo de las Vacas, el Río de La Plata y el cerro de Las Armas.

Su casco principal se ubicó a orillas del arroyo Juan González, a unos 16 km. de la actual ciudad de Carmelo. El mismo estaba integrado por una iglesia bajo la advocación de la Virgen de Belén, habitaciones, patios, herrería, panadería, jabonería, telar, carpintería, tahona, hornos de ladrillos y tejas y dos hornos de cal. Estos últimos abastecían a Buenos Aires, Colonia y Montevideo. Además contaba con “ranchos” para las familias de los negros esclavos y para los indios peones.

Asimismo existía un huerto con gran variedad de frutales y legumbres entre las que destacan 1.500 cepas de vid, siendo éste el lugar de introducción de dicho cultivo en el Uruguay. Con cierta diferencia de escala, la estructura de su casco era muy similar a la de los pueblos misioneros.

La población de la estancia se estima en aproximadamente 250 personas, compuesta por indios conchabados, criollos y negros esclavos, estos últimos eran la mayoría. Cabe preguntarse por qué los jesuitas, cuyo objetivo principal fue la evangelización y habían reaccionado fuertemente contra todo tipo de esclavización indígena, tenían tantos esclavos negros en sus estancias. Según las fuentes históricas, esta fue una tradición con la cual los primeros grupos de jesuitas no se sintieron a gusto, y fue uno de los aspectos que se suscitaron en contra de la explotación de “fincas rústicas”. Sin embargo, la posesión de esclavos fue aceptada, con la advertencia de que se diera una atención especial a sus necesidades espirituales.

Durante el período de ocupación jesuítico la estancia sólo contó con dos padres: primero el Padre Alonso Fernández y luego el Padre Agustín Rodríguez, quienes dirigieron todas las actividades allí desarrolladas (producción de cal, ladrillos, tejas, construcción de la iglesia y demás edificaciones, producción ganadera y agrícola, funcionamiento de los talleres), sin descuidar las actividades propiamente religiosas.

Los jesuitas solicitaron primariamente estas tierras con el objetivo de producir cal, aunque la superficie otorgada por la Corona excedía holgadamente ese cometido original. La Estancia de Belén (Calera de las Huérfanas) se constituyó así en el segundo emprendimiento minero de nuestro territorio (el primero fue en la vecina estancia de Narbona). Dos hornos (cuyas ruinas se conservan hoy día), funcionaban en las proximidades del casco. La cal era uno de los elementos principales para la construcción, lo que la convertía en un importante rubro comercial.

En el año 1767 el Rey Carlos III de Borbón expulsa a los jesuitas de todos sus dominios y la estancia pasa a depender de la “Junta de Temporalidades” de Buenos Aires, quien encarga su dirección a Don Juan de San Martín (padre del prócer argentino).

En 1777 el establecimiento es puesto a cargo de “Las religiosas de la Caridad” para mantener al Colegio de Niñas Huérfanas de Buenos Aires. Este fue el motivo para que a la estancia se la comenzara a conocer como “Calera de las Huérfanas”, nombre que conserva al día de hoy.

A comienzos del siglo XIX el conjunto edilicio sufre enormes deterioros. Las habitaciones y demás recintos que correspondían a la estructura implantada por los jesuitas, dejan de cumplir sus funciones originales y el abandono es seguido por demoliciones y reutilizaciones de algunos de los materiales constructivos. La iglesia sufre el desplome casi total de su techo y parte de sus elementos de culto son llevados para la iglesia de Carmelo, fundada por Artigas en 1816.

Desde 1815 – en aplicación del plan artiguista de fomento rural – las tierras de la estancia son repartidas entre más de 40 beneficiarios, cuyos derechos se anulan tras la derrota del prócer. Posteriormente el gobernador bonaerense Manuel Dorrego ordena un nuevo fraccionamiento y venta, siendo el general Julián Laguna quien adquiere el antiguo casco hacia 1829.

En 1938, el Comité Patriótico Femenino de Carmelo, promueve el interés del Estado y los vestigios arquitectónicos-arqueológicos, con una reserva de treinta y cuatro hectáreas, pasan al patrimonio público en carácter de Monumento Histórico. Se comienza con la labor de limpieza de la maleza, se planta un parque de especies arbóreas y se alambra el predio.
A partir de 1940 H. Arredondo comienza con la labor de limpieza de la maleza, planta un parque de especies arbóreas, realiza obras de consolidación en la iglesia y lleva a cabo las primeras intervenciones arqueológicas en el casco de la estancia.

En 1974, el Consejo Ejecutivo Honorario de las Obras de Preservación y Reconstrucción de la Antigua Colonia el Sacramento, promueve el interés de la UNESCO para integrar la “Calera de las Huérfanas” al circuito de turismo cultural de sitios misioneros de la región.

Marco teórico: algunos conceptos claves

Hablar de patrimonio cultural implica hacer referencia a legados e identidad. En este sentido, A. Torre dice: “Sabemos que patrimonio cultural es el legado a través del cual un pueblo se reconoce a sí mismo, en su propia identidad, en su memoria colectiva y rasgos históricos y sociales singulares. Dentro de este concepto hay dos aspectos: el del patrimonio material o físico, que refiere a edificios, lugares y objetos, y el del patrimonio inmaterial o intangible, que alude a valores, creencias, símbolos y representaciones” (Torres et. al. 2005:11). Sobre estos dos aspectos señalados del patrimonio basta con indicar -a los efectos de este trabajo- que son divisibles sólo analíticamente, puesto que existe una relación dialéctica entre ambos. Esto se puede visualizar con claridad en el caso abordado a través de la Fiesta de la Virgen que se celebra todos los años en La Calera de las Huérfanas, reuniendo a la comunidad local y reviviendo tradiciones, resignificando la valoración atribuida al espacio y a las expresiones religiosas.

Las trayectorias sociales generan que cada contexto –histórico y espacial- asigne diferentes sentidos a aquello que se le da el carácter de ‘patrimonio’ o a qué ‘objetos culturales’ se le asigna valor patrimonial: “cada cultura genera su propio sistema de valores o patrón de asignación de sentido que es, en cada caso, lo que determina la existencia de un bien del patrimonio cultural” (Ob. Cit.:11).

El valor de los ‘bienes u objetos culturales’ no es innato al bien u objeto, sino que es asignado por los actores sociales, en función de sus experiencias, trayectorias y necesidades. Por esta razón, estos valores son variables –como todo producto histórico- y hasta pueden ser contradictorios o excluyentes. Estos aspectos deben ser considerados en la gestión del sitio a los efectos de contemplar las diferentes valoraciones de los diversos actores involucrados. En el caso de La Calera de las Huérfanas, el CEHC ha asumido -a través de diferentes acciones- el rol de velar y promover el respeto de las mismas.

El reconocimiento en sí de la existencia de diversas y variables formas de construcción y expresión patrimonial y la manifestación de las mismas, permite que las comunidades -o determinados grupos culturales dentro de ellas- afiancen su identidad, puedan construir proyectos creativos y sustentables y profundicen sus rasgos democráticos. Cuando lo declarado como ‘patrimonio’ por parte de algunos actores sociales se impone culturalmente, sin posibilidades de apropiación real por parte de los otros actores sociales, algunas voces y manifestaciones seguramente no estarán expresadas o permanecerán ‘acalladas’ hasta que puedan o sientan necesidad de emerger –lo que no se dará sin la existencia de tensiones sociales y culturales evidentes. En el caso de La Calera de las Huérfanas, se percibe la emergencia de la comunidad, a través de la demanda de su participación directa en la gestión del sitio.

Memoria social

Muchos teóricos han concluido que la memoria no es una simple suma de recuerdos, por el contrario, como plantea T. Todorov: “la memoria no se opone en absoluto al olvido. Los dos términos para contrastar son la supresión (el olvido) y la conservación; la memoria es, en todo momento y necesariamente, una interacción de ambos”. Como toda selección, en el juego de ‘supresiones’ y ‘conservaciones’ las ‘memorias sociales’ están cargadas de sesgos, producto de emotividades y valoraciones culturales específicas. En este sentido, E. Jelin considera que en las memorias sociales “…hay también huecos y fracturas” (Jelin, 2001:1). Por tanto, el trabajo del historiador y del arqueólogo requiere de una permanente vigilancia epistemológica sobre dichos sesgos, huecos y supresiones.

En este sentido, A. Huyssen sostiene que la memoria pública, está sometida a los cambios socio-políticos así como: “No puede ser almacenada para siempre, ni puede ser asegurada a través de monumentos” (Huyssen, 2000:21). Por tanto, esta mutabilidad de las memorias sociales pone de manifiesto otras dificultades para su análisis y gestión, como son los juegos de imposición cultural, el alcance y proyección de la gestión patrimonial, las formas de transmisión cultural de los patrimonios sociales, entre otros. Parece importante interrogar y comprender a estas ‘memorias sociales’ a la luz de los proyectos institucionales, las concepciones y valoraciones de los actores sociales. No basta, entonces, con tener presente su carácter mutable -con su consecuente dificultad analítica-, hay que comprenderlas como productos sociales y en su vinculación con los contextos culturales específicos que le imprimen su sello.

Hablar de ‘memorias sociales’ implica, entonces, el reconocimiento de la existencia de diferentes percepciones y entendimientos sobre los acontecimientos públicos y las experiencias vividas o socializadas. No existe la posibilidad de hablar de una ‘memoria única’, porque en las representaciones sociales existen “contradicciones, tensiones, silencios, conflictos, huecos, disyunciones, así como lugares de encuentro y aun «integración». La realidad social es compleja, contradictoria, llena de tensiones y conflictos. La memoria no es una excepción” (Jelin, 2001:17).

Estos aspectos son relevantes para el caso Calera a nivel de todos los actores, tornándose particularmente evidente a la hora de articular con la comunidad de vida cristiana carmelitana, de quienes es posible esperar que promuevan una reconstrucción de la memoria realzando lo jesuítico.

Algunas memorias logran, con mayor o menor éxito, materializarse y ser vehiculizadas a través de ciertos ‘productos culturales’, como pueden ser: publicaciones, museos, monumentos, registros audiovisuales, entre otros. En el caso Calera, el propio lugar se ha tornado un ‘monumento’ y se proyecta realizar la reconstrucción virtual de la estancia jesuítica de Belén así como la exposición de los hallazgos arqueológicos, por tanto este proceso de tangibilización o materialización lo torna un ‘producto cultural’ con capacidad para abrirse a usos culturales y turísticos.

Identidad

La identidad cultural y la memoria social están vinculadas, en tanto esta última permite atribuir sentido a la identidad de determinados grupos culturales. Asimismo, ambas se instituyen en subjetividad de los miembros de esos grupos y, por ende, en la intersubjetividad de los mismos. A decir de Gillis, “las identidades y las memorias no son cosas sobre las que pensamos, sino cosas con las que pensamos” (Jelin, 2001:17); conformando las estructuras significativas de los sujetos, desde dónde se piensan a sí mismos y a los ‘otros’. Esto se ve reflejado en la Calera donde confluyen diversos sentimientos y representaciones del lugar.

La memoria permite fijar parámetros identitarios, donde aparecen puestos en relieve ciertos rasgos, que permiten la distinción con ‘otros culturales’. Los hitos sobre los que se fundan estas memorias se tornan –en cierto grado- invariantes; de allí la posibilidad de organizar la memoria a partir de ‘acontecimientos, personas o personajes, y lugares’. Estos, permiten cierta coherencia y continuidad –los que son vinculados con sentido por los relatos sociales-, fundamentales para la perdurabilidad del sentimiento identitario.

Capacidades de los actores

Las percepciones sociales son producto de las diferentes experiencias vitales y dependen de las condiciones sociales en las que estén insertos los sujetos, puesto que de ella depende la producción de su vida social, cultural, política, entre otros. Por tanto, los sujetos sociales poseen diferentes experiencias y condiciones para su desenvolvimiento.

Es necesario reconocer y valorar estas diferencias puesto que se traducen en capacidades. Asimismo, de la posibilidad de desarrollar y potenciar estos activos (sociales, políticos, económicos y culturales) es que se puede construir un proyecto colectivo y llevar adelante una verdadera gestión cultural-patrimonial.

En nuestro caso, diversos actores comunitarios han venido desarrollando encuentros y actividades con vistas a la conformación de un grupo –asociación civil- en donde han puesto de manifiesto algunas capacidades –como la de trabajo en equipo, diálogo- y también reconocido las deficiencias para hacer frente a tal empresa, demandando apoyo de otros actores sociales –CEHC, IMC-.

Cultura participativa

Hablar de participación sugiere abordar analíticamente tres niveles o momentos: el operativo, el conceptual y el actitudinal. El primero implica las prácticas, formas de organización y estímulo a la misma; el segundo implica la ‘cultura participativa’ vinculada a tradiciones, hábitos, representaciones de sus derechos y posibilidades de acción; el tercero refiere al valor otorgado a la participación en sí y las valoraciones sobre sí mismos y los otros actores como sujetos de derecho, entre otros. Por supuesto que estos tres momentos o niveles no están disociados, sino que se expresan de manera simultánea y mantienen una acción recíproca, por lo que esta separación analítica solo se plantea con fines prácticos para la elaboración de propuestas tendientes a ampliar la participación y su valoración.

El propio CEHC ha procedido en este sentido, estimulando los procesos de apropiación y empoderamiento de los actores locales en la gestión del lugar.

Gestión

Cabe señalar que la gestión cultural implica la sistematización permanente, la investigación, la construcción de proyectos compartidos, la elaboración de estrategias, todos ellos a partir de la definición de jalones claros por donde transitar colectivamente. Proponerse objetivos de corto y mediano alcance, que a partir de la identificación de estrategias posibles, se tornen logrables. Por ej: constituirse como grupo, para luego pensar en una asociación, ir tejiendo redes, etc.

Equilibrio de dimensiones y usos

Una vez consolidado u objetivado aquello que se señala como patrimonio cultural de una comunidad determinada, es posible pensar en diversos usos[1] del mismo: social, educativo, económico, político, entre otros. Estos usos sobre el patrimonio cultural, se asocian a la búsqueda de satisfacción de necesidades de orden identitario, cognitivas, productivas, entre otras. Por esta razón, la dimensión cultural del patrimonio debe ser analizada en la interrelación de otras dimensiones del fenómeno. (Amaro et.al. 2006)

La realización de este énfasis se plantea en tanto se considera que el predominio de alguno de los referidos usos sobre otros, puede traer aparejados ciertos impactos sobre el patrimonio: deterioro material, banalización de la propuesta, cierre identitario, entre otros.

Por ejemplo, según D. Moragues se debe establecer un diálogo entre el turismo y la cultura, puesto que muchas veces su vínculo “queda acotado a propuestas de productos, marginales en gran parte de las ocasiones, sin intervenir en aquello que sería lo esencial de los dos ámbitos”[2]. Esta relación marginal muchas veces termina ‘banalizando’ los productos ofrecidos y su consumo. En este sentido la cultura sería un “un pilar trascendental de la actividad turística, sobre todo si vamos más allá de la concepción turismo/ocio/banalización y nos acercamos más al origen del turismo, la curiosidad, la necesidad de descubrir y saber” (Moragues, 2006).

En esta línea los trabajos de investigación, interpretación, reconstrucción virtual, confección de textos y materiales diversos (audiovisuales, pagina web, etc.) contribuirán a un equilibrio entre los usos económico-turístico y cultural.

Tanto el turismo como las propuestas patrimoniales, afectan a muchos y diversos sectores, organizaciones y áreas de implementación; de allí su carácter complejo pero también necesario para su sostenibilidad e integralidad social, política, económica, medioambiental y cultural. En La Calera de las Huérfanas, han comenzado a participar diversos actores públicos y privados (CEHC, IMC, MINTURD y sociedad civil) con experiencias y capacidades diversas, que pueden generar una sinergia significativa.

Puntualmente, desde la planificación turística se debe pensar los modelos turísticos incorporando los posibles impactos en la cultura local, así como se deben contemplar las formas de inclusión de las diversas propuestas culturales. De lo que se trata no es de reducir los modelos a una planificación puramente económica, sino de pensarlos de forma tal que puedan lograr sostenibilidad.

Por su parte, la planificación patrimonial o de las memorias sociales no puede desconocer los efectos y oportunidades que el turismo genera. En los procesos de gestión turística y cultural se deben considerar los ‘activos culturales’, para potenciar las propuestas y para salvaguardar su continuidad.

En este sentido los activos culturales (capacidades, habilidades y conocimientos) de que disponen los actores comunitarios son -entre otros- la producción de artesanías, conservas, quesos, vinos; pudiendo dar lugar al autosustento para la gestión del sitio.

Relación pasado-presente-futuro

Las valoraciones sociales y relaciones entre el pasado, el presente y el futuro son variables y construidas por los propios actores sociales; las que tienen fuertes implicancias en las dinámicas sociales, culturales, políticas y económicas.

En este sentido, G. Caetano, plantea la necesidad de controlar estas concepciones, puesto que: “el imperio de «una imagen “eterna” del pasado», implicaría la «parálisis de la acción, acompañada con frecuencia de un irónico [desencanto], derivado sobre todo de la incapacidad de soportar la experiencia de lo posible». Pero los peligros en torno a un quiebre negativo de la relación pasado-futuro no solo pueden derivar de las cargas de un exceso de pasado, en cualquiera de sus formas. Toda visión determinista o teleológica, en cualquier sentido, más allá de las apariencias, termina casi siempre en una «parálisis» frente a los desafíos del futuro. Solo desde visiones elaboradas que convivan reflexivamente con principios de incertidumbre e indeterminación, y que rescaten una visión más abierta y flexible acerca de las relaciones entre pasado, presente y futuro, es que se pueden construir relatos con potencialidad prospectiva (Arocena y Caetano, 2007:21).

Del tipo de vínculo que se atribuya entre pasado-presente-futuro es que se puede abrir la posibilidad de una construcción de un ‘futuro posible’ en términos de planificación o se puede negar cualquier proyección hacia un futuro que acreciente las posibilidades de entendimiento y acción de los actores locales. En este punto el CEHC tiene un rol protagónico aportando la capacidad de potenciar el vínculo entre actores.

Frecuentemente, los procesos sociales que tienden a la recuperación de ciertas ‘memorias sociales’ como producto de impactos sociales significativos, conllevan habitualmente un sentimiento de ‘amenaza identitaria’. Pero, como dice T. Todorov: “Sin duda, todos tienen derecho a recuperar su pasado, pero no hay razón para erigir un culto a la memoria por la memoria; sacralizar la memoria es otro modo de hacerla estéril. Una vez restablecido el pasado, la pregunta debe ser: ¿para qué puede servir, y con qué fin?”. (Ob. Cit.:12). La respuesta a estas interrogantes dependerá de la posibilidad de articulación de las expectativas de los diferentes actores respecto al sitio:” Las esperas deben ser ‘determinadas’; por lo tanto, finitas y relativamente modestas, si quieren suscitar un compromiso ‘responsable’. “Sí, hay que impedir que huya el horizonte de espera; hay que acercarlo al presente mediante un escalonamiento de proyectos intermedios al alcance de la acción” (Ricoeur, 1996:952).

Para este autor se deben combatir los dos polos que amenazan el presente histórico, se trata de superar tanto las tendencias que se posicionan frente a un pasado como ‘acabado’, ‘caduco’, ‘unívoco’ o ‘cerrado’; como a aquellas que se proponen metas -horizontes de espera- inalcanzables. Se debe, por tanto, orientar la tarea hacia un ‘pasado vivo’ y a ‘esperas determinadas’ que mantengan una relación reflexiva con ese pasado.

La acción estratégica, entonces, es la clave para superar aquellas posturas que terminan paralizando la acción, diseñando pasos ‘hacia lo deseable y lo razonable’ y haciendo emerger las ‘potencialidades no empleadas del pasado’ (Ob. Cit: 981). Puesto que como dice P. Ricoeur: “La vida no quiere ser preservada, sino acrecentada” (Ob. Cit.: 981).

Proceso de puesta en valor cultural

El proceso de puesta en valor cultural comenzó en 1999, cuando gestionado por el Consejo Ejecutivo Honorario de Colonia y con la financiación del Ministerio de Turismo, se emprende la investigación arqueológica. Esta fue la primera etapa de un proyecto integral que contemplaba también el acondicionamiento arquitectónico de las estructuras (preservación y consolidación) el cual se llevó a cabo en el año 2002 quedando inconcluso por falta de recursos económicos.

La primera acción de puesta en valor fue la realización de la investigación histórica- arqueológica que generó conocimiento sobre el sitio. Mediante la recuperación, análisis e interpretación de los vestigios materiales que perduraron, conjuntamente con el manejo de los datos provenientes de las fuentes históricas, la arqueología emanó un valor informativo: empezó a contribuir al conocimiento del proceso sociocultural de ocupación del sitio y a interpretarlo. En este sentido, se considera que la valoración social de determinados objetos o ‘bienes culturales’, presenta algunos desafíos a la gestión patrimonial, en términos de qué, quiénes y cómo se lo interpreta; lo que trae aparejado el seguir interrogándose bajo estas mismas claves sobre qué, quiénes y cómo transmiten o comunican aquello que es considerado patrimonio.

Las excavaciones arqueológicas expusieron los basamentos de los muros de los recintos de la época jesuítica, así como relictos de pisos enladrillados. Los vestigios arquitectónicos expuestos permitieron constatar que, a nivel de los cimientos aún se conservan la mayoría de las construcciones del casco de la estancia de la época jesuítica así como las anexadas por Juan de San Martín.

Respecto a la distribución espacial de la planta de la estancia, se aportaron datos desde el registro arqueológico que permitieron concluir que la ranchería de los esclavos se ubicaba en un patio contiguo a “los cuartos nuevos de ladrillo”, hacia el sureste. Dicho sector fue en gran parte afectado por el camino de acceso, sin embargo las excavaciones pusieron en evidencia los basamentos del muro que la cercaba por el sureste.

En forma concomitante con los trabajos de campo, se llevó a cabo la socialización de la investigación e integración a la comunidad local.

Hoy se demanda al investigador la “devolución” de un producto traducido, a la comunidad que sustenta la investigación. Una investigación arqueológica integrada a un proyecto de “puesta en valor cultural” es consonante con estos principios. Sin embargo, desde un posicionamiento antropológico, reconociendo que el accionar del arqueólogo en el desenvolvimieto de esta investigación se da en un medio social con múltiples y diversas expectativas que atañen a los diferentes vértices del tema que se aborda, se buscó intencionalmente lograr un paso de integración con los diferentes actores involucrados y particularmente con la comunidad local. Cubriendo el espectro, desde el extremo de la socialización vinculada al visitante eventual, hasta la integración de la investigación a los valores y costumbres locales, se realizaron las siguientes actividades:

  • Confección de un folleto informativo para ser entregado a todos los visitantes (financiado por la vecina bodega de Zubizarreta).
  • Cartelería con información general de los establecimientos jesuíticos y cartelería explicativa “in situ” de cada una de las estructuras que se iban exponiendo mediante las excavaciones. La misma respondía a un circuito diseñado para que el visitante recorriera el sitio sin afectar los cimientos y protegiendo áreas sensibles.
  • Coordinación de tareas con diferentes actores vinculados al proyecto.
  • Coordinación de la “Fiesta de la Virgen de los 33” con sus organizadores. Se implemento una vía para compatibilizar y potenciar (multiplicar) esta fiesta popular (que integra la valoración local y regional de “La Calera”) con los trabajos arqueológicos en desarrollo.
  • Visitas guiadas por los propios arqueólogos.
  • Actividades de divulgación y concientización, particularmente para escuelas y liceos locales.[3]

Otro pilar fundamental del proyecto de puesta en valor cultural fue la intervención arquitectónica con el objetivo de preservar y consolidar las estructuras en peligro inminente de derrumbe (año 2002).

La depresión económica de fines del 2002 disminuyó la capacidad del Estado de seguir rehabilitando estructuras históricas, al margen de cualquier consideración sobre el nivel de aprecio popular de que disfrutaba el bien patrimonial. El sitio quedó sin mantenimiento del parque, sin control de la vegetación, la cartelería se fue deteriorando poco a poco… También quedaron sin concluir las tareas de laboratorio con los materiales arqueológicos (análisis e interpretación).

Cinco años después, en julio de 2007, se retomaron los contactos entre el actual Consejo Ejecutivo Honorario de Colonia, el Ministerio de Turismo y Deportes y la Dirección de Turismo de la IMC, con el objetivo de aunar esfuerzos en la gestión de La Calera de las Huérfanas. Además de reuniones se realizaron visitas al Monumento Histórico, en las que también participaron instituciones y vecinos de Carmelo y de la Calera planteando sus expectativas. Estas instancias permitieron hacer una evaluación primaria del estado del sitio y empezar a esbozar un plan de trabajo para retomar el proyecto de puesta en valor de La Calera de las Huérfanas.

En Agosto de 2007 el Ministerio de Turismo y Deportes destina una partida de dinero para obras en la Calera. De acuerdo a lo evaluado entre todos los actores se decide destinar este dinero para realizar obras arquitectónicas que habían quedado pendientes en el 2002, a saber: terminación de los baños públicos, acondicionamiento de una sala de recepción, exposición e interpretación del sitio, obras de consolidación en la Capilla y estructuras menores. Actualmente el proyecto arquitectónico está siendo detallado por técnicos de la IMC, bajo las directivas del Consejo Ejecutivo Honorario, para proceder con el llamado a licitación correspondiente.

En octubre de 2007, un grupo de personas de Carmelo, integrantes de la Pre-Comunidad de Vida Cristiana, CVX, –vinculados a los jesuitas- se puso en contacto con el Consejo, manifestando su preocupación por reponer la Cruz que se había caído de la cúspide de la Capilla. El objetivo primordial era que pudiera estar colocada para el día de la celebración de la Fiesta de la Virgen que coincidía con los 50 años de sacerdocio del Padre Jesuita Rafael Michelerena.

Inmediatamente se coordinaron acciones y en una semana se reparó la cruz y se volvió a colocar en su lugar. Esto fue posible gracias a la iniciativa y colaboración incondicional y honoraria de un conjunto de personas de Carmelo. Cada paso se consultó y se ejecutó siguiendo las directivas del Consejo, con el apoyo constante de la IMC y la Junta local de Carmelo que proporcionó los obreros y andamios necesarios para la tarea.

La motivación, la organización, la capacidad de trabajo y la ejecutividad con que actuó la comunidad de Carmelo, hizo que se estrecharan vínculos con el Consejo y con la Dirección de Arquitectura y de Turismo de la IMC. El intercambio fluido de ideas y el interés compartido por seguir impulsando acciones pro-Calera, posibilitó que se acordara trasladar los materiales arqueológicos exhumados durante la etapa de excavaciones (1999-2001) al Archivo y Museo del Carmen en la ciudad de Carmelo. Los mismos estaban depositados en la sede del Consejo en Colonia, pero el lugar no era apropiado y no se reunían las condiciones como para poder proceder con el trabajo de clasificación.

En Marzo del 2008 se concretó el traslado de los materiales arqueológicos de La Calera en calidad de “custodia temporal” al Archivo del Carmen. Actualmente las cajas conteniendo los materiales inventariados están depositadas en una habitación que cumple con los requerimientos de reservorio.

En abril del 2008, se siguieron aunando esfuerzos y con el apoyo del Archivo y Museo del Carmen (que no sólo proporciona el lugar de depósito sino que cede sus instalaciones gentilmente) se comenzaron las tareas de acondicionamiento de los materiales. Además de contar con personal del archivo, se está trabajando en coordinación con el liceo No. 2 de Carmelo y a través de su director Miguel Banchero y de la profesora de historia María Laura Robaina, se ha conformado un grupo de aproximadamente 18 alumnos de 4to año que están siendo capacitados para colaborar con las tareas de laboratorio. Dichas actividades están bajo la dirección de la Lic. Jacqueline Geymonat y se enmarcan en el proyecto de investigación arqueológica, aprobado oportunamente por la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación.[4]

Actualmente se está en proceso de darle el debido marco institucional y curricular a los trabajos que se llevan a cabo en coordinación con el liceo No.2 de Carmelo. Las actividades se realizan una vez por semana y todos los pasos son comunicados a los vecinos de la comunidad, gracias a diversos medios de prensa radial y escrita de la ciudad de Carmelo y Palmira. Esto no sólo contribuye con la promoción cultural y turística, sino sobre todo con la concientización y sensibilización de la población.

A comienzos del 2008, aunando las voluntades de todos: Comunidad de Carmelo, vecinos de la Calera, Dirección de Turismo de la IMC, MINTURD, Consejo Ejecutivo Honorario, etc. se acuerda presentar un proyecto al llamado del BID para obtener financiación con el objetivo de realizar la reconstrucción virtual de la Calera de las Huérfanas, actualizar y completar la cartelería explicativa y la folletería. Este proyecto, aunado con el presentado por la comunidad valdense “Itinerario Cultural, Caminos de libertad religiosa”, fue seleccionado por el BID y está actualmente en ejecución.

Desde mayo de 2008, la IMC dona rubros al Consejo quien los destina para financiar los servicios de mantenimiento del parque de la Calera. El Centro Comercial de Carmelo colabora en tareas de gestión relativas al mantenimiento del parque.

Por último, el CEHC, a través de su delegada Anahi Laroca, trabajó en coordinación con el CeRP de Colonia, en la elaboración de un Proyecto de Sensibilización Patrimonial que incluye a La Calera. El mismo fue presentado al CLUSTER de Turismo de Colonia, solicitando su financiación.

El proceso de sensibilización y transmisión patrimonial implica los mismos desafíos antes señalados para la interpretación acerca de qué, quiénes y cómo interpretan. La comunicabilidad de los patrimonios incluye mucho más aspectos que la generación de interés sobre lo patrimoniable o sensibilización para el cuidado y la conservación patrimonial; sugiere la necesidad de cuestionarse sobre cuáles son las posibilidades de apropiación de aquellos que ‘heredan’ esos patrimonios, la posibilidad de negar, rechazar o promover modificaciones a los mismos y de ser parte de la construcción patrimonial, entre otros.

Hacer propio un patrimonio implica la posibilidad de enlazarlo a sus propias experiencias, atribuirle sentido en función de sus vivencias, significaciones y motivaciones culturales, sociales, políticas y económicas. Por tanto, es dable preguntarse si los objetos patrimoniales son ‘objetables’, o si las generaciones herederas deben tomarlo sin ejercer sobre ellos acción alguna, más que la de reproducir y vigilar su ‘inmaculada’ perdurabilidad.

Las formas en que se plasma el contacto con lo considerado patrimonio es fundamental, pues no basta con la simple declaración para que el patrimonio sea significado, legitimado y reinterpretado por los distintos actores de una comunidad: “el sujeto no puede entrar en contacto con lo nuevo, que se le presenta en la interacción social, si no encuentra en ello cierta familiaridad, con eso que porta como herencia y que le permite participar de situaciones nuevas que a priori le parecen desconocidas.. Construcción de la memoria colectiva, herencia y transmisión son –entonces- inherentemente partes de un solo proceso” (Torres, A. et. al. 2005.:14). Los patrimonios siempre están modificándose, y es necesario reconocer este carácter cada vez que se aluda a procesos de apropiación patrimonial, pues quiénes lo reciben enlazan a ellos sus motivaciones, sus experiencias e intereses.

Se habla a nivel de la gestión patrimonial de la necesidad de impulsar procesos de ‘tangibilización’ de los patrimonios y de ‘mantenerlo vivo en su contexto original’, de modo de registrar y de garantizar cierta perdurabilidad y revitalización del mismo. Estos aspectos, nuevamente, vuelven la mirada sobre las generaciones receptoras de los valores patrimoniales, para considerarlas no como meras ‘receptoras’ o ‘custodias’ de la herencia social, sino con capacidad de apropiación y transformación de ese legado cultural. Es así que el patrimonio cultural para mantenerse vivo debe tener en sus comunidades importancia social, política, económica y cultural” (Ob.cit:34) y un sentido profundamente democrático.

Se considera, entonces, que las propuestas de sensibilización son un posible factor habilitante de ciertos procesos participativos, pero no garantizan por sí solas el hecho de una construcción integral e integrada acerca de la participación democrática y democratizadora de la gestión cultural. La mejor manera de construir determinadas valoraciones y conceptualizaciones, así como de apropiarse de las propuestas y objetos patrimoniales, es a través del ejercicio mismo de la participación y de asunción de su responsabilidad en la toma de decisiones. Es en el hecho o acto de diálogo y de ‘hacer públicas’ y comunicables las percepciones, los intereses y los sentidos, que los actores pueden comprender las posiciones y tomas de decisiones de sí mismos y de los otros partícipes, así como podrán a partir de ello negociar significados y estrategias.

Potencialidades:

  • La población local sensibilizada, comienza a tener un rol activo orientándose a la búsqueda de mayor información y a su organización (rumbo a una ONG)
  • La investigación histórica y arqueológica (en avanzado estado de desarrollo) que ha generado información significativa la cual está siendo procesada para contribuir a la interpretación del sitio.
  • La articulación de actores claves para la gestión. Estatales: CEHC (CPN, MEC); IMC (Dirección de Turismo, de Cultura, de Limpieza, Junta Local de Carmelo); MINTURD. Comunidad local: CVX (Pre-Comunidad de vida cristiana de Carmelo), Archivo y Museo del Carmen, Comisión de Patrimonio de Carmelo, Centro Comercial de Carmelo, Comité patriótico Femenino de Carmelo, Liceo No. 2 de Carmelo y vecinos de la Calera.

Prospectivas y cuidados en el proceso

Se entiende que los actores mencionados tienen capacidades y oportunidades diferentes para participar en la construcción y gestión patrimonial, lo que puede generar la emergencia de tensiones políticas, económicas sociales y culturales. Por tanto, es necesario fortalecer las formas de participación y gestión, no solo mediante la sensibilización, sino posibilitando el acceso a la toma de decisiones y generando una estructura de co-gestión.

Estas formas de participación y diálogo públicas también oficiarían como formas de control y de negociación de significados ante las posibles visiones o concepciones acerca de cómo valorar la ‘memoria social’ y cómo articular intereses de orden sociocultural con los económicos (como los provenientes del turismo cultural)

Siguiendo esta lógica, la sostenibilidad de los proyectos culturales se puede ver debilitada frente a la vorágine que impone la necesidad imperiosa de solucionar problemas concretos para la competencia turística y la lógica comercial. Es necesario, a su vez, indagar si la sostenibilidad de los proyectos culturales está en riesgo y, de ser así, si se deben a la dinámica de los cambios a este nivel o a la falta de planificación, seguimiento, arraigo y participación en las políticas culturales desarrolladas, o por la combinación de ambas posibilidades.

No menos importante que pensar en la memoria recibida, parece ser el cuidado en la construcción de la memoria que se heredará, su forma de transmisión, así como la posibilidad de las nuevas generaciones de apropiación y construcción de su propia ‘memoria’.

Abordar el análisis de cualquier aspecto asociado a la gestión cultural implica, entre otras, prestar especial atención a las implicancias de la diversidad cultural (asociada a sensibilidades y a la subjetividad depositada en las expresiones culturales) y desigualdad cultural (diferencias de acceso a la estructura de oportunidades para la producción, uso y circulación de bienes y servicios culturales, así como a la posibilidad de toma de acerca de cómo se distribuirán los recursos sociales, culturales y materiales) puesto que de ello depende -en gran medida- el carácter democrático de su implementación.

Pensar en un equilibrio de los usos patrimoniales es tarea de la gestión cultural –e incluso de la gestión turística-, y este es posible si se logra una participación amplia y comprometida de los distintos actores. Los diversos actores sociales, por sus diferentes intereses y experiencias, posiblemente construyan valoraciones diferentes acerca de los usos patrimoniales y su relación; de allí la necesidad de poner en diálogo esas valoraciones y garantizar la posibilidad de incidir en la toma de decisiones por parte de los actores involucrados en la gestión patrimonial.

La incorporación de expertos y gestores en los procesos de planificación también es clave para una planificación estratégica y la inclusión de otros actores involucrados. Como dice D. Moragues: “El turismo precisa de técnicos culturales en sus procesos de planificación y la cultura precisa de técnicos en turismo para la generación de productos turísticos culturales” (Moragues, 2006). Aunque también es cierto que en los expertos no puede agotarse la gestión, sino que la misma le pertenece a todos los actores involucrados.

Agradecimientos

A Ignacio Arbeleche y Lina, Gladis Torres y Claudio, María Laura Robaina, Flía Sarachu, Padre Pedro Wolcan, Reina Torres, Alejandro Brusco, Bombaci, Cata Avelino, Flía Fromaget, Cornú, Zubizarreta y muchos más… motores del proceso de apropiación de la Calera por parte de la población local.

Muy especialmente a Beatriz Orrego que trabajó como asistente técnica durante todo el proceso de investigación y lo sigue haciendo ahora en el marco del proyecto financiado por el BID y al Lic. Juan Piccini, fuente inagotable de ideas creativas y apoyo incondicional.

Bibliografía

Arocena, R. y Caetano, G.,2007: Uruguay: agenda 2020. Ed. Taurus, Montevideo.

Huyssen, A., 2000: En busca del tiempo futuro. En “Medios, política y memoria”, Revista Puentes, año 1, N° 2, Argentina. Traducción: Silvia Fehrmann.

Jelin, E. 2001: Los trabajos de la memoria, Siglo Veintiuno editores, España, Cap. 2, en Biblioteca Virtual FLACSO.

Moragues, D. 2006: El diálogo turismo y cultura, en http://www.oei.es/pensariberoamerica, Pensar Iberoamericana, revista de cultura, OEI, No. 8.

Ricoeur, P. 1996: Tiempo y Narración. El tiempo narrado, Ed. Siglo XXI, Tomo III, Madrid.

Todorov, T.: La memoria amenazada, en www.cholonautas.edu.pe, Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales. Torres A. et. al. 2005.



* Arqueóloga miembro del Consejo Ejecutivo Honorario de las Obras de Preservación y Reconstrucción de la Antigua Colonia del Sacramento. (CEHC). e-mail: bonino57@gmail.com

* * Socióloga miembro del CEHC. Docente del CERP. E-mail: anahilaroca@gmail.com

La Institución que integramos: el CEHC, tiene a su cargo la gestión -no sólo del Barrio Histórico de Colonia del Sacramento (declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995)- sino también de todos los sitios declarados Monumento Histórico Nacional del departamento de Colonia, entre ellos “La Calera de las Huérfanas”.

[1] Este planteo es tomado de Amaro, M., Cuadrado, M. y Laroca, A. (2006): Usos y desusos del Patrimonio Cultural: hacia una gestión y consumo responsables en Colonia del Sacramento. Grupo Uruguay-Red Puentes, Montevideo.

[3] La investigación arqueológica desarrollada entre 1999 y 2001 tuvo como directora del proyecto a la Lic. Jacqueline Geymonat y como subdirector al Lic. Roberto Bracco.

[4] La arqueóloga Jacqueline Geymonat, delegada del Consejo, trabaja en forma honoraria.

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